Nunca más

Por favorsea breve“, dijo. Aquella maldita frase. La misma que escuchó mi madre en el paritorio y que desvirgó mis oídos; las palabras exactas que me estremecieron al salir de la boca de fresa a la que pretendía jurar mi primer amor eterno; la homónima petición que escuché durante cuarenta años al entrar en el retrete de la oficina; las cuatro notas que cortaron la melodía de mi voz temblona el día en que, por fin, tuve mis cinco minutos de gloria televisiva.
¡No! Ya he sido bastante breve, tan breve como los 82 años que hoy quieren marcharse. ¡Nadie me va a callar hoy! Les diré todo lo que he…
“Descanse en paz”, dijo.

El gordo y la flaca

El gordo y la flaca caminan juntos pero separados por la calle. El gordo lleva un traje deslucido y unos zapatos que parecen irle pequeños. La flaca se abriga en su chaquetón de ante underground, y apresura sus piececillos para seguir el paso.

El gordo y la flaca miran sendas carpetas y se paran frente a un portal. Ella saca el dedo huesudo del guante y comienza a apretar los botones del portero automático. Él espera un segundo y levanta la vista hacia los balcones de hormigón y humo. Grita: “¡Señor!”. Un segundo. “¡Señor!”. La flaca le mira con indiferencia, alza la vista, ve al viejo, y vuelve a probar suerte con los botones.

“¡Señor!”. El viejo gira la cabeza mientras sus brazos enfundados en la bata azul siguen impertérritos.

El gordo: “¡Señor!, ¿hay gas en esta casa?”. El viejo mira al horizonte, atento a la sospecha de que algo sucede, pero sin conseguir adivinarlo.

El gordo baja la voz: “Viejo de mierda”. La flaca le ignora y vuelve a llamar a otro timbre. Alguien contesta. La flaca: “Buenos días, llamaba para…” Su voz se pierde en otro grito:

“¡Señor!, ¿hay gas en el edificio?” El viejo baja la cabeza e interroga al gordo con la mirada. Repite, aún más alto: “¡¿Que si tienen gas?!”. El viejo se gira despacio y desaparece.

La flaca se acurruca en la esquina y observa divertida la escena. El gordo: “¿Será hijoputa? ¡Y ahora se va!” Se gira hacia ella: “No sé de qué te ríes. Hoy todavía no hemos…” Una bombona cae con toda su furia sobre la cabeza del gordo, que se desploma.

La risa de la flaca se congela. En el balcón, el viejo grita: “¡Toma hijo, que yo tengo demás!”.

Instrucciones para el tacto siniestro

Mire con atención a su mano izquierda. Sí, está ahí, en su irremediable papel secundario. Pero existe, está viva, es útil y también requiere sus cuidados. Por lo tanto, despójela de cualquier elemento. Sepa que cualquier cuerpo halla su mayor placer estando desnudo, en contacto directo con los estímulos. No sirve decir aquello de que “este anillo es mi segunda piel”; ni que sin las uñas pintadas no se reconoce. Y por supuesto, borre la lista de la compra que lleva escrita desde hace dos días en la palma de la mano. Recuerde que su mano izquierda nació siendo impoluta y probablemente rechoncha, con unas uñas salvajes que seguramente el pecho de su madre no haya olvidado.

A continuación estire y doble cada uno de sus dedos, caliente sus músculos con cortas y repetidas flexiones hasta que se dé cuenta de que del meñique al gordo hay cinco pequeñas extensiones de sí mismo, con hueso, músculo, sangre, células y toda la parafernalia vital.

Llega ahora el momento crucial, en el que es fundamental la coordinación de movimientos y la rapidez. De su pericia dependerá el grado de placer alcanzado. Vigile a un lado y otro de la estancia, busque el momento en el que las miradas y las conversaciones le ignoran.

Ahora, rápido, estire su mano izquierda e introdúzcala lentamente en el saco de lentejas que ha elegido con anterioridad. Recuerde, no busque la satisfacción inmediata, trate de prolongar el momento dejando que sus dedos se abran paso en un avance constante, certero, hasta llegar a la altura de la membrana que los une.

En ese momento aumentará el placer en la misma proporción que la cantidad de piel en contacto con las lentejas. Éstas comenzarán a jugar alrededor de los ángulos interdigitales, acariciando ese rincón oscuro de su mano izquierda.

Continúe con la inmersión pausada hasta la altura de la muñeca, si es que no le han descubierto ya. Cundo llegue este momento, permita que sus dedos comiencen el baile leguminoso. Instintivamente se moverán de un lado a otro, nerviosos, excitados por tanto estímulo.

Remueva una y otra vez, ponga todas las articulaciones de la mano izquierda a trabajar, deje que se zambullan, que entren y salgan, griten y jueguen porque, de repente, alguien le chillará “¡¿Quiere sacar la mano de ahí?!”.

El circo y yo

La primera vez que no fui al circo, podía oler a los tigres desde la ventana pero una noche todos se marcharon sin esperar a que les visitara. La segunda vez que no fui al circo, había que apretarse el cinturón porque eran malos tiempos y las entradas eran un gasto imprevisto. La tercera vez que no fui al circo, mi hermano quiso ser hijo único y ejerció como tal dejándome en casa. La cuarta vez que no fui al circo, era un espectáculo triste y maltrataban a los animales. La quinta vez que no fui al circo, pensaron que era para niños y yo ya no querría ir. La sexta vez, me escapé con el circo y no me han vuelto a ver el pelo.

Sólo puede quedar uno

No pude transformarme en princesa porque el imbécil seguía mirando. Y claro, el imbécil seguía mirando porque sabía que así yo no podría transformarme en princesa. Así que yo también miré al imbécil, frente a frente, desafiante. Había llegado el momento de saber quién iba a sobrevivir, el imbécil o la princesa. Rescaté mi pintalabios del fondo del cajón, lo apreté fuerte sobre mi boca y rompí de un golpe el espejo. Viva la princesa, muerte al imbécil.

Recuerdos

Todavía algunas veces huele a sangre. Se lava las manos una y otra vez, pero su piel sigue impregnada. No parece que le moleste; es más bien una ceremonia. Siempre fue muy meticuloso. Decía que era como un cirujano sin pulir: abrir, extirpar… y no cerrar. Sus clientes preferían no ver el sobrante, sobre todo teniendo éste un rostro. Parece recordar todas aquellas caras y ninguno de nuestros nombres, es curioso. Supo reconocer a cada una de sus víctimas y a ninguno de sus hijos. Supo robar y vender órganos durante veinte años, y hoy no es capaz de atar los cordones de sus zapatos. Pero continúa lavándose las manos una y otra vez frente a su reloj parado.

El dragón

Mejor el dragón que mamá. Si hay que elegir quién se va, que sea él. No me gusta cuando echa humo por la nariz. Cuando le doy un beso antes de ir a dormir rasca. Y a veces parece que escupe fuego. Adiós papa.

En6palabras

Silencio versus ruido, batalla de caracteres.

Miles de corazones flotan sin salvavidas.

¡Qué susto! Pensé que eras normal.

Rezó para que no hubiera Dios.

Reflejo

Cayó la noche y el cielo se oscureció aún más que las anteriores. Había algo extraño en el cielo. Las nubes, tan negras como el escenario, se amontonaban sobre sus cabezas, chocaban entre sí, moviéndose con violencia. Pronto comenzaron a escucharse una especie de cortos y rotundos ronquidos; primero, a lo lejos, y después cada vez más cerca. Con ellos llegaron los resplandores fugaces que, al acortar distancias, rajaban de arriba abajo el cielo. El pequeño olivo se estremeció y las pocas hojas que tenía titilaron al ritmo del miedo y la excitación. Es cierto que era joven, pero ya había vivido algunos meses y nunca había visto nada así. Tampoco recordaba a los mayores tan asustados, como si quisieran arrancar sus raíces y salir corriendo cada vez que aquella luz desgarraba el teatro celeste.

Y entre tanta excitación, llegó otra novedad. Primero en forma de sonido, con pequeños chasquidos desacompasados. Después en el tacto suave de pequeños golpecitos sobre las hojas, que corrían cosquilleantes hasta el suelo. Aquellos extraños seres, fueran lo que fueran, se iban agolpando y cayendo hasta perderse en la tierra parduzca.

Durante horas, el tamborileo y el juego de luces continuaron, para disfrute del pequeño olivo. Cuando el espectáculo iba muriendo, vio a los mayores respirar tranquilos y las primeras luces despuntar en el horizonte. Y entonces descubrió un nuevo tesoro a sus pies: aquél arbolito que, como él, apenas tenía unas hojas a lo largo de su cuerpo; y como él, poseía cinco pequeñas, pero firmes ramas; y como si se tratara de sí mismo, tenía una pequeña cicatriz en forma de estrella. Sin embargo, se extendía tumbado sobre el suelo, temblando a cada caricia del viento.

Mascotas

El dinosaurio es reeebueno. Se pasa el día ahí, acostadito, durmiendo al lado del calentador. El muy boludo se la pasa jugando con los nenes. Da igual que le tironeen de la cola, que se le suban encima. Y cuando les chillás para que la corten con la joda, el dino es el primero que se va a la cama. ¿Sabés lo mejor? En cuanto escucha la pava, ya está corriendo para compartir un matecito. Y ya ves, ¿cómo va a hacer él para chupar de la bombilla? Así que le damos la yerba como en sopita, como a Mafalda, aunque después tenga que salir corriendo a hacer sus cositas. A los chicos ahora se les ocurrió que quieren también un perro, para hacer compañía al dino. ¿Lo podés creer? ¿Semejante animal por la casa?.

Si puedes mirar, ve.

Si puedes ver, repara.

José Saramago

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